31.10.08

¿De qué murió Don Joaquín?

Cuenta mi madre -quien es fisioterapista- que en la época en que murió Don Joaquín ella se encontraba dando una terapia física a mi abuela, Doña Celia. Por varios meses mi madre estuvo yendo con ese propósito a casa de los García en la avenida segunda (donde luego estaría La Esmeralda). Pues bien, cuando don Joaquín se ausentaba solía dejar un papelito en la puerta en el que escribía: "No estoy, ya vuelvo" o "Ando en el correo, vuelvo pronto", cosas de ese tipo (no se trata de citas textuales). Cierto día, mi madre llegó y no vio a Don Joaquín y tampoco vio ningún mensaje en la puerta, entonces le preguntó a mi abuela dónde estaba él y ella le contestó que se sentía indispuesto y que estaba descansando en su habitación. Menos de veinticuatro horas después Don Joaquín había fallecido. Murió de una enfermedad cardiaca. No tuvo ninguna terrible agonía sino más bien una muerte tranquila. El momento del descanso le llegó con rapidez y sin exabruptos. Eso ocurrió exactamente hace cincuenta años, un viernes de garúas también.

Como Don Joaquín era anticlerical no quería pasar por una iglesia en su último viaje y por eso tampoco hubo misas (lo que incluso indispuso a unas sobrinas suyas que no quisieron asistir a su funeral por ser muy católicas). El postrero tributo se le rindió en la Asamblea Legislativa, que apenas una semana antes lo había declarado Benemérito de la Patria. El ataúd fue trasladado hasta allá en un carruaje fúnebre tirado por cuatro corceles arropados de negro. El cortejo salió de la propia casa de Don Joaquín, bajó por la avenida segunda, dobló hacia el norte a la altura del Balmoral y luego hacia el este por la avenida central rumbo a la Asamblea. Precediendo el carruaje iba mi padre, quien desfiló cargando un cojín de terciopelo rojo en el que iban colocadas todas las condecoraciones de don Joaquín.

Ya propiamente en la Asamblea Legislativa, el embajador del Perú, el señor Luis Barrios Llona, colocó sobre el féretro de Don Joaquín El Sol del Perú, que junto al título de Benemérito fueron sus dos últimas distinciones. Por cierto, en un escrito inédito cuenta mi padre que la última pregunta de don Joaquín fue: "¿Y qué hace un Benemérito?", pregunta que para él quedó sin respuesta. Hoy la interrogante más bien sería: ¿Y qué hacemos nosotros con un Benemérito? ¿Cómo le rendimos justo tributo cincuenta años después? ¿Cómo pagamos la deuda enorme que tenemos con quien tantísimo dio a este país y a la cultura iberoamericana? Por lo visto ya muchos ni reconocen tal deuda. Hoy La Nación nos recordaba que el 31 de octubre es para celebrar Halloween "a la tica" (¡Qué desgracia haber luchado toda una vida por nuestra cultura y morir en una fecha que los enajenados han adoptado como día de celebración! ¡Qué ironía!). Ni siquiera la sección del Día Histórico hizo alguna alusión a la muerte de Don Joaquín.

Actualmente sus restos reposan en el Cementerio General de San José. Sobre su tumba vemos un pequeño libro esculpido en mármol con un epitafio: In angelo cum libello... "En un rinconcito con un libro", que era como a él le gustaba estar. Cuánta cosa no habría leído en cincuenta años. No estaría mal ir a dejarle al menos unas flores.

Actualización al 11 de novimbre
: Justo es señalar que en El Día Histórico del primero de noviembre pasado apareció una breve nota sobre el sepelio de don Joaquín 50 años atrás.

1 comentario:

Isabel dijo...

Ya lo hicimos, y poco a poco vimos cómo se fueron desojando, una a una, todas las flores que se fueron como diciendo: "con el recuerdo de Julia y de la escena del trapiche, echamos a todo correr."